miércoles, 1 de agosto de 2007

II

Después de decidirme a buscarla, dejo de ver la calle solitaria y me dedico a reensamblarme, o al menos eso intento. Estoy cansado, destruído, desanimado... y me pregunto si un último esfuerzo valdrá la pena.
Llevo a mi maltrecha osamenta hacia la ducha, me desnudo y el agua parece que se ha convertido en millones de cuchillos en mi espalda. Hiela los huesos. Debo despertar. El agua recorre mi cuerpo, me golpetea la cara, los hombros, la espalda...

Imagenes vienen y van en mi cabeza y comienzo a envidiar a los que son más felices que yo. Envidio sus posesiones, sus vidas, sus éxitos y hasta sus fracasos, que han sido menos que los míos. No, no es envidia de la buena. Éso no existe.

Camisa blanca (arrugada), pantalon de mezclilla, botas de trabajo negras (pesan). Salgo a la calle, hacia donde recuerdo que tengo un auto. Antes de subir, prendo un segundo cigarro. Carajo, pero no sé qué le encuentran de placentero a inhalar y exhalar humo, como una vil chimenea humana. Pero deja de importarme. Al primer intento de encendido, el motor empieza a gemir y a quejarse.
-Mierda- si, suelo hablar solo. Mis soliloquios son parte de mí desde que era niño... y viene una imagen de nuevo. Comienza a desesperarme el auto, cuando decide encender. Y viene la primer decisión: ¿a dónde voy?

Inicio el viaje. Calles vacías, luces amarillentas, perros callejeros, uno que otro borracho... Decido ir a ver a un amigo, cuando recuerdo que no tengo amigos. O al menos eso parece. El motor no para y yo no paro de conducir. El cigarro se va consumiendo poco a poco. El humo empieza a agradarme, incluso cuando irrita mis ojos. Lo disfruto. En fin, veré a quien puedo ver. Conduzco una, dos, tres cuadras... muchas muchas más... Llego a la casa. Desciendo del auto (no apago el motor) y tiro la colilla con la brasa moribunda y la piso con la bota. Las luces están apagadas.
-Quien carajos va a estar despierto a las dos y media de la mañana...- Otra vez, mi manía de hablar solo.
Subo de nuevo al auto. Comienzo a conducir. El aire entra por la ventanilla. Decido ir al Centro de la ciudad. ¿Para qué? Ni puta idea. Me gusta la noche. Todo vacío,medio muerto y calmado. Miro el reloj: 2:45 am. La noche es joven aún. Veo los edificios alumbrados, las calles desiertas y su falsa belleza. El Zócalo está vacío también. La Catedral se ve bien. Empieza a gustarme. Dejo esa imagen y sigo conduciendo. La ciudad comienza a quedarse atrás. Adelante la noche es total. Obscuridad. Comienza a gustarme también. No sé a donde voy, y no me interesa por el momento. Me gusta estar solo en ése momento. Me detengo. Bajo del coche y respiro aire frío y húmedo. Estiro las piernas. No sé si manejé una, dos, tres horas... No importa, estoy solo y eso está bien. Pero la tristeza no se vá. Ni las imágenes. Ni los recuerdos. Subo de nuevo, derrotado otra vez, doy la vuelta y conduzco de regreso. 4:53 am. Carajo. Mi habitación espera. Pero decido volver a casa del amigo dormido. Bajo del coche, y sin querer miro al piso y encuentro la colilla del cigarro muerto hace unas horas. Llamo a la puerta. Nada. Llamo de nuevo. Nada de nuevo. Al exhalar un suspiro de resignación, la puerta se abre.

2 comentarios:

BETO the faithless dijo...

Caminar, manejar, avanzar sin rumbo, vieja afición de los hombres que no tienen un lugar, una persona, una idea a la cual volver.

De nuevo muy identificado con el relato, muy bueno por cierto.

Cuidese Karnicero, ojalá los siguientes días le brillen un poco más.

Chido.

La Ardilla Mayor dijo...

WOOOOW. SOY FAN... YA QUIERO SABER QUE PASA DESPUES...

YO QUISIERA SALIR Y MANEJAR Y MANEJAR Y MANEJAR Y CUANDO SE ACABE LA GASOLINA BAJARME DEL CARRO Y CAMINAR Y CAMINAR...

SALUDOS... =D